solucions de la crisi

 

La nostra companya, Cristina Guerrero, ens aporta el següent escrit i vídeo.

Hola a todos.

Después de haber visto la brillante intervención del señor Daniel Cohn-Bendit en el parlamento europeo (podéis verla en el fantástico blog de la asignatura con el título de una idea de Europa) en la que éste señor consigue plasmar la más flagrante (y vergonzosa) realidad con una vehemencia que pone el vello de punta, me gustaría compartir otro magistral análisis de la situación económica y política actual realizada por el profesor de la uab Arcadi Oliveres.

Creo que puede ser útil para todos aquellos que no acaban de comprender qué es la especulación, cómo actúa ésta y cómo ha llegado a provocar la crisis actual en la que nos encontramos inmersos. Me parecen muy interesantes asimismo las posibles soluciones que propone Oliveres, pues, aunque algunas de ellas son utópicas, otras como la aplicación de la tasa tobin o la nacionalización de la banca son, en mi opinión, absolutamente factibles y exigibles.

¿Dónde entra el tema de la crisis actual en una asignatura sobre la Idea de Europa? En mi humilde opinión, en el hecho de que la Unión Europea no pasa (debido precisamente a esta crisis) por su momento más estable. El cambio de actitud de Finlandia y otros países del norte respecto a los del sur o la especulación de la salida de Grecia del euro son solo dos ejemplos (entre muchos otros) que no hacen sino poner de manifiesto la debilidad actual de una unión en la que, si no se encuentra una solución, se acabará imponiendo el “sálvese quien pueda”. Por este motivo, creo que es importante tener una visión real de qué es lo que pasa en Europa y en el mundo, de por qué se ha producido esta profunda crisis y de cómo puede solucionarse.

Un saludo a tod@s.

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la rebelión de Kronstadt

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Octubre.

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Línies de debat: un nou model europeu?

TRIBUNA / FILOSOFÍA POLÍTICA|RAFAEL DOMINGO OSLE
Publicat al diari “ABC”.
La revolución clásica norteamericana
•21.12.2009
E N ESTOS DÍAS en que los conocimientos tecnológicos arrinconan la formación humanística, los maestros han quedado desposeídos de su natural autoridad y los políticos -enmarañados todos ellos en cuestiones de baja estofa- deciden prostituir su liderazgo, parece oportuno ofrecer como modelo social y pedagógico la esmerada educación clásica que recibieron los padres de la Constitución americana. El cultivado clasicismo de los founding fathers permitió elaborar y desarrollar uno de los documentos políticos más influyentes de la Historia de la Humanidad: la Constitución de los Estados Unidos.

Los padres de la Constitución americana lucharon contra Inglaterra imbuidos del espíritu liberal ilustrado de la época y, precisamente porque no despreciaron su circunstancia, supieron trascenderla históricamente dando así continuidad y recorrido a una revolución clásica, hoy todavía inconclusa. Ésta es quizás la seña de identidad que más diferencia la revolución americana de su coetánea francesa, cuyo jacobinismo ha sido, en nuestro tiempo, ideológicamente superado.

Parte del éxito de la revolución americana se debe a que los framers se nutrieron del cristalino manantial de la historia antigua y la filosofía clásica, otorgando de este modo solidez y consistencia (musculatura, si se me permite la palabra) a su propia Constitución, que es tanto como decir a su propia identidad. Frente a la francesa, apoyada en la soberanía nacional, la revolución americana se fundó en el concepto más genuino y permanente, aunque tal vez menos romántico, de pueblo (We the People).

Necesitamos una Constitución no cuando ya estamos unidos (idea de nación francesa) sino cuando queremos unirnos políticamente (idea de pueblo americano). En este sentido, los Estados Unidos de América son, para la afrancesada España y para la nueva Europa naciente, un modelo perenne. Este paradigma nos recuerda que la unité e indivisibilité no son un presupuesto de la Constitución, sino su efecto. La Constitución no es tanto una decisión política de la nación, cuanto un acuerdo de vivir como pueblo. Hoy, España la necesita a gritos.

Si la Historia es la memoria de un colectivo social, la Constitución, escrita o no, actúa como su alma. Un pueblo vive lo que vive su Constitución, pues ésta no es sino la forma de su propia unidad política. El alcance de una Constitución viene marcado por el espíritu de sus constituyentes; en el caso americano, por los founding fathers, quienes, sabedores de que la Historia es magistra vitae, una y otra vez acudieron a ella para encauzar y resolver sus problemas. Por eso, el indómito Alexander Hamilton no dudó en calificar la Historia como «la guía menos falible de las opiniones humanas», y James Madison, el padre más padre de la Constitución americana, como «el oráculo de la verdad». Pero no sólo en el plano teórico, sino también en el práctico, este Delfos de la era moderna ejerció su dominio sobre toda una nueva forma de hacer política.

Los pilares de la Constitución americana, orgánicamente estructurada, y siempre de mayor alcance que el propio documento constitucional, hunden sus raíces en la antigüedad clásica, tan apreciada por los framers. ¿Cómo no ver en el Senado americano o en la elección de su presidente, en el bicameralismo o en el sistema de relaciones internacionales influencias espartanas, púnicas y romanas? Esta tesis histórica ha sido defendida con sólidos argumentos por Bernard Bailyn, Russel Kirk, Clinton Rositer y recientemente, de forma magistal, por mi colega David J. Bederman, en su interesante libro The Classical Foundation of the American Constitution (2008).

Basta leer con atención a los founding fathers o conocer su fascinante trayectoria para confirmar cuanto digo. Los padres de la patria americana fueron amantes de la cultura clásica y estuvieron familiarizados con ella mucho más de lo que lo está hoy un licenciado en Humanidades. No sorprende, pues, que el inclasificable Benjamin Franklin fuese comparado con Prometeo, Sócrates o Solón. Tampoco que el presidente Washington fuese un ferviente admirador del patricio romano Lucio Quincio Cincinato, convertido en arquetipo por Catón el Viejo, por tratarse de un modelo de honradez, desprendimiento del poder, frugalidad e integridad personal.

El sucesor de Washington en la Presidencia, John Adams, afirmó en repetidas ocasiones que su lengua preferida, la más sublime de todas las existentes, era el griego, a cuya lectura dedicó miles de horas, especialmente a las historias de Polibio. Su rival y amigo Thomas Jefferson, fuertemente influido en su estilo por Salustio y Tácito, defendió con uñas y dientes que en la Universidad de Virginia, fundada por él, tanto el latín como el griego fueran materia obligatoria del plan curricular. Por último, para no fatigar con ejemplos, los famosos Federalist Papers, quizás la obra más influyente de la época revolucionaria, de Alexander Hamilton, James Madison y John Jay, fueron redactados conforme al más genuino modelo ciceroniano.

Las cosas no se improvisan. Los nueve colleges de las colonias norteamericanas, la mayoría de ellos prestigiosas universidades de nuestro tiempo (Harvard, William and Mary, Yale, Columbia, Princeton, Penn, Rutgers, Brown y Dartmouth) exigían un alto nivel de conocimiento del latín y del griego en su prueba de acceso. El clasicismo americano se consideraba un valor social más que un simple deseo de satisfacción personal. El padre de la educación americana, Noah Webster, describió la formación de su época con las siguientes palabras: «La instrucción de la juventud se dirige hacia la Historia de Grecia, Roma y Gran Bretaña; los jóvenes están constantemente repitiendo las declamaciones de Demóstenes o Cicerón, o los debates sobre cuestiones políticas en el Parlamento británico». ¡Qué lejos quedan estas frases de la educación contemporánea, especialmente de la española!

No veamos, pues, una moda o un capricho, en esta educación clásica promovida por los framers, sino, más bien, una firme decisión adoptada tras analizar las razones de conveniencia para dedicar tantas horas al conocimiento de la Antigüedad clásica.

LA PRIMERA de ellas era el firme deseo de inculcar en la juventud el noble ideal de la libertas, que vio en el ejercicio arbitrario del poder su principal adversario. Por eso, pocos pueblos como el americano han entendido con tanta facilidad que las medidas establecidas que limitan y controlan el poder no son sino un instrumento más para preservar las libertades individuales, por las que tantos americanos han ofrecido sus vidas. Los framers admiraron de los clásicos la racionalidad de sus escritos y su argumentación. Las referencias aristotélicas que encontramos en El Federalista exaltan la calma, la tranquilidad, la quietud, el ocio intelectual y la contemplación racional y crítica de cualquier espíritu cultivado no esclavizado por las pasiones, que impiden superar las crisis políticas cuando arrecian. Por lo demás, el carácter eminentemente pragmático del pueblo americano también coincidía con el más auténtico estilo clásico de búsqueda de la excelencia mediante el ejercicio individual y colectivo de las virtudes morales como instrumento de desarrollo y progreso social.

La educación clásica permite combinar magistralmente lo útil con lo ornamental, la ética con la estética, el ímpetu con la racionalidad. Lo dejó magistralmente expresado Horacio: Omne tulit punctum qui miscuit utile dulci. Nada produce más éxito que casar lo útil con lo dulce.

He aquí la clave de una auténtica educación en valores, de una sociedad del conocimiento fecunda y madura, de la excelencia cultural que España reclama a gritos para sus hijos. Una conciencia de grandeza, de señorío intelectual, que permite vivir la vida más plenamente, más solidariamente, adornándola de virtudes que inmunizan de cualquier suerte de corrupción y fomentan una sociedad civil más crítica y activa, más anclada en su tiempo por estar enraizada en la Historia de la Humanidad.

Rafael Domingo Oslé es catedrático de la Universidad de Navarra y presidente de Maiestas.

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Desconcierto europeo

Europa se fragmenta con la crisis, pero lo único seguro es que los europeos no son nada sin la Unión Europea
Artículos | 02/07/2011 – 00:00h la vanguardia

El concepto original de Europa descansa en la defensa griega frente el avance de los persas. Del nacimiento de Europa hay diferentes visiones, pero destacan dos. Una hace hincapié en la herencia de la Grecia clásica y sitúa en el imperio romano el punto de partida, tanto en los sistemas sociales como en el arte, el derecho, la literatura, la filosofía o la arquitectura. Una edad de oro que, en el siglo V, con la caída del imperio romano, se precipitó en una edad oscura –la del dominio clerical y la superstición–, que se prolongaría hasta el mundo carolingio o incluso hasta las cercanías del Renacimiento.
La otra visión, defendida entre otros por el historiador José Enrique Ruiz- Domènec, autor de Europa. Las claves de su historia (RBA, 2010), mantiene que no fue Roma la que configuró Europa. Roma no habría sido un imperio europeo, sino un imperio panmediterráneo que se prolongó durante diez siglos y cuya caída dio paso a una edad oscura en la que se forjó Europa.
El mapa moderno de Europa surgió de la guerra de los Treinta Años (1618-1648), el primer gran conflicto europeo. La guerra se inició con la defenestración de tres consejeros imperiales católicos en el castillo que domina Praga, pero en realidad se trató de una serie de conflictos que atrapó a la mayoría de los países de Europa occidental. Y la paz de Westfalia, firmada en Münster en 1648, significó el fin de la hegemonía española, la práctica desaparición del Sacro Imperio Germánico (Primer Reich), que no era ni sagrado ni imperio, y el inicio del sistema de relaciones internacionales aún vigente y basado en la soberanía del Estado.
Las luces de la Ilustración han sido decisivas en la historia de Europa, pero las ilustraciones de Francia y Alemania no se pusieron de acuerdo. Y el romanticismo se apropió de los valores de la Ilustración aunque los subvirtió. El romanticismo es la antítesis del pensamiento ilustrado, que lo que proponía era romper con un pasado oscurantista, no restaurarlo, como quería el romanticismo. Cuando Napoleón fue derrotado por las fuerzas conservadoras, Europa era un simple diagrama de imperios y unos cuantos estados nacionales, con el imperio ruso por el este y el imperio otomano rodeando su bajo vientre. En el congreso de Viena (1814-1815), presidido por el canciller de Austria, Metternich, los soberanos que vencieron a Napoleón redibujaron el mapa europeo. Pero lo más significativo del congreso de Viena es que estableció el denominado Concierto Europeo (Gran Bretaña, Austria, Prusia, Rusia y, a partir de 1818, Francia), un club absolutista que aplicó el principio del equilibrio de poder y evitó otra gran guerra europea hasta 1914. Pero Alemania también cambió el mapa. Dos guerras decidieron la creación de un nuevo imperio con capital en Berlín. En 1866, la batalla de Sadowa redujo a Austria al estatuto de subordinado de Prusia, y, en 1870-71, la guerra francoprusiana alumbró el gigante alemán que después compitió con los imperios británico y francés.
Esta Europa imperial, que llegó a transformar el mundo, se autodestruyó en las guerras del siglo pasado. La derrota alemana en la Primera Guerra Mundial –“un conflicto trágico e innecesario de orígenes misteriosos”, como ha escrito John Keegan– se selló con un tratado de paz firmado en Versalles, donde medio siglo antes se proclamó el imperio alemán (Segundo Reich). Considerado un diktat por los alemanes, el tratado puso de manifiesto la dureza de los vencedores, que aprobaron, pese a las reservas del presidente estadounidense Woodrow Wilson, unas vengativas reparaciones de guerra. Y la Segunda Guerra Mundial, tras el nacimiento del Tercer Reich, fue la prolongación de la primera, que así duró tres decenios.
Europa inventó el Estado y la rivalidad de los estados destruyó Europa. Por eso los europeos se dieron en la segunda mitad del siglo XX otro concierto, este democrático –la Unión Europea– en el que ahora reina el desconcierto. La amenaza ya no son los persas, sino Grecia y la caótica política comunitaria con respecto al rescate griego.
La crisis es de confianza. Los europeístas hablan de más Europa, lo que quiere decir una mayor integración política. Pero la realidad es que la casa común se fragmenta. Por arriba, los nórdicos; por el centro, la influencia alemana (desde Holanda hasta Eslovaquia), y por el sur, los mediterráneos. Gran Bretaña se mantiene al margen, aunque mira al norte. Y Francia tiene un pie en el centro y otro en el sur. ¿Sálvese, pues, quien pueda? El gran interrogante es Alemania y lo seguro es que los europeos no son nada sin la Unión Europea

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El republicanismo radical de Hannah Arendt y el 15M

josé luis moreno pestaña
01.07.11 en LA VOZ DIGITAL.ES

La obra de Hannah Arendt Sobre la revolución (Madrid, Alianza) se ocupa de dos temas básicos. Por un lado, evalúa comparativamente las revoluciones, sobre todo, la francesa y la americana. Por otro lado, de manera esquiva, reivindica una democracia consejista, jeffersoniana y sovietista, ahogada por los sistemas de partidos tanto en dictaduras como en regímenes liberales. Si el sistema de asambleas surgido del 15M permanece (algo por lo que apuesto), podría encontrar en esta obra una fundamentación. Sería una auténtica pena que, como tantas veces, las novedades prácticas –en este caso, un impresionante movimiento asambleario de más de un mes– quedasen ahogadas por teorías que no están a su altura. Como creo que este libro, por su contenido tanto como por el espíritu con el que está escrito, ayuda a que no ocurra, animo a su lectura.
Veamos primero su análisis de las revoluciones. Arendt considera que la revolución, desde el marxismo (y pese al respeto enorme de Hannah Arendt por Marx), ha sido explicada como la sucesión de un conjunto de fases necesarias. Éstas se derivaron del análisis de la revolución francesa y suponen la existencia de un centro que tritura a la derecha y a la izquierda para ganar la revolución. Algo que se produjo en Francia de manera fortuita y debido a dos cuestiones. La primera, la situación de miseria de las masas que empujó a la radicalización y a la violencia y no permitió la mínima tranquilidad para fundar instituciones de libertad; la segunda, la escena política nacional, basada en la conspiración y el fraude de la corte, y en la cual todo acuerdo escondía un conjunto de artimañas de sujetos que perseguían manipularse mutuamente (los franceses no tuvieron la suerte de enfrentarse a la monarquía constitucional inglesa). Una esfera política degradada no podía oponer ningún brillo moral al atajo de la violencia, es más, paradójicamente, la hacía aparecer sincera. Los bolcheviques interpretaron la violencia y el terror, resultado de un pésimo azar, en un dato inexcusable de las revoluciones.
Frente a la francesa, se sitúa la revolución victoriosa, la americana, la que no derrapó en la autofagia del terror, y de muy escasa influencia, se lamenta Arendt. En su análisis, Arendt pasa de puntillas por el problema de la esclavitud y por la cuestión india y, en este punto, resulta muy pobre y, si bien no ignora las condiciones materiales de la democracia (pues sabe que con miseria, la vida política es imposible), el tratamiento que les da es muy insatisfactorio. No es ese el fuerte de Arendt y pedirle lo que no da nos obceca ante que ofrece.
Arendt reivindica dos herencias procedentes de la revolución americana. Una, de John Adams. Ni una mención, (¡ay, quienes consideran que el feminismo sobra a la historia y la teoría política!) a la impresionante Abigail Adams, sin la que no se entiende a su marido. Ésta herencia, antropológica, consiste en la reivindicación de la felicidad como participación en la esfera pública, como pasión por la distinción y la superación en un campo político abierto, cuya fuente es la perseguir la estima de tus conciudadanos. Frente a la felicidad como retiro, recuerdo de la beatitud tomista como contemplación de Dios, la felicidad plebeya como vida en común: mi visión de un paraíso, decía Sócrates consiste en los amigos con los que discutí… y, si pudieran estar también Hesíodo y Homero, a quien no conocí, añadía, la discusión ganaría mucho…
La otra herencia procede de Thomas Jefferson y consistió en proponer espacios institucionales que permitieran el ejercicio del poder. Y, ¿qué es el poder? La capacidad de ligarse a otros mediante promesas y acuerdos (el resto no es política, sino mera administración de las cosas o manipulación comercial de conciencias). Esa capacidad, ejercitada, genera una libido que es la antítesis del carrerismo político. En esa disposición se talló el origen de la revolución y, para que ese origen se convierta en principio de la vida política, para que la revolución se conserve, debe ser actualizado continuamente. Un sistema de distritos, pensó Jefferson, permitiría un ejercicio constante y local del poder, descentralizaría la actividad todo lo posible y, de ese modo, permitirían al ciudadano convertir el impulso revolucionario en guía de su actividad. Eran las repúblicas elementales, base consejista de una gran república que conservaría solo aquello que no se pudiese descentralizar. La democracia americana traicionó ese proyecto y se concentró en domesticar a las masas mediante el aumento del bienestar, mientras que los partidos revolucionarios modernos, creyendo que todo se juega en lo económico, desmovilizaron a las masas y, cuando no, las reprimieron para que no estorbasen a la vanguardia mientras imponía los métodos científicos de logro de la felicidad colectiva. Y, sin embargo, explica Arendt, se equivocaron porque los soviets y los consejos mostraron (en la Rusia de 1917, en la Alemania de 1918 y en la Hungría de 1956) con su impresionante caudal popular, que las clases populares también consideraban, como John Adams, que solo la participación política saca a la vida de la oscuridad y le permite iluminarse por el respeto de sus compatriotas. Un trabajador joven lo decía en una asamblea del 15M, hace una semana: «Quiero que haya un sitio para que, cuando yo tenga una idea, aunque solo sea una vez, pueda comunicarla y me escuchen».
Creo que no lo sabía, pero Hannah Arendt es su pensadora.

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